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  • Jorge Santa Cruz

Entre Tus Ojos y Mis Dedos

Sabes que te miran al pasar, pero nunca sabrás por qué te miran. Tu percepción hará un sin número de juicios para entender la mirada o las miradas desde tu ángulo que, por cierto, es incompatible con el que te mira.

En fin, las miradas son ambiguas. Así mismo pasa cuando lees literatura, cuando lees la historia de otro (el narrador o/y personaje central), escrita por otro (el autor) y que solo la entenderás a tu manera. En esa dimensión ambigua vivimos. La ambigüedad es la nube que viaja de mis dedos a tus ojos, entre la obra literaria y el placer de leer. La ambigüedad es la libertad que te dan mis palabras para que las adaptes a tu experiencia. El que escribe tiene muy poco poder sobre la historia; su mayor poder es escoger el color de las palabras, el tono de la idea. Pero igual, tu experiencia entenderá la historia del que la escribió a su manera. Aunque no la hayas escrito, solo tú puedes terminar la historia en tus manos e interpretarla por tus experiencias. El autor es solo el comienzo, las primeras palabras. En términos de números, se dice que solo el 30 por ciento de la obra cuenta la historia. El porcentaje nunca es justo o exacto, pero por seguro el lector tiene la mayor influencia en el texto.


Una obra puede haber pasado de moda. Otras obras serán aceptadas en 100 años. Al final, todo recae en las vivencias el lector del momento, el mismo que cierra el libro. Antes tanta impotencia de parte del autor, y aunque la historia caiga del otro lado del horizonte, el mejor consejo que se puede acatar a la hora de escribir es la de escribir la historia que a el escritor le gustaría leer.

Si sientes la mirada de un libro, no es que estés sola; tócalo con tus dedos, puede que sean las palabras en las que siempre te has querido mirar. Al final, no todos tenemos que ser escritores. Así que no mal interpretes mis dedos, que estos solo buscan tus ojos, y tu historia detrás de ellos. Por eso guardo tu fragancia con un toque de salitre cuando me pasas por al lado y disimulas no mirarme; sé que en algún momento abrirás mis libros en cualquier librería; recordarás ese perfume que ya no usas cuando abras mis páginas; me comprarás o me robarás. Da igual; como la espuma, el dinero no se debe contar o almacenar. Pero de seguro, no hay escritor sin lector, ni lectora con nalgas como las tuyas.

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